Mi pequeña huella se pierde en la inmensidad del huerto humeante y resquebrajado,
un silencio de pena se pronuncia débilmente sobre sus blancas arenas.
En nudosas ramas se diluye desatada y rugiente
la fibra que fondea los ojos atónitos y dispersos,
una lengua que se enturbia, escuchando en silencio al visitante
que envía renacuajos pisando el ocaso.
En la naturaleza del vacio desesperado
flota una pluma que se envejece en las llamas del poniente,
y canta un cantar tan viejo y terrible como la historia de la tierra.
Irremediablemente guardo un fracaso en mi territorio
que quebranta el rayo iluminado del ser,
y me fecunda en un asilo sin ilusiones
donde el blanco soñar de la luna desaparece
y se tuerce desencantada sobre un cielo mil veces envilecido a la deriva.
De lo oscuro a lo más oscuro me eleva
como un artista que bucea en las entrañas
de un madrigal rebelde e inhóspito,
en donde zarzales enteros
tejen una historia que deja temblorosos los labios.
Roberto Novoa Olvera
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